Blog 2017-03-29T10:52:49+00:00
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La cocina puede ser muchas cosas: desde hacer violencia con recetas de cabezas degolladas de cabritos, o hacer el amor con recetas de casquería y su ajito latiendo dentro (no olvidemos que el corazón es casquería, amamos con toda nuestra casquería); pero también puede ser una forma de democracia activa, democracia de un cóctel que alterna el gobierno del hielo por el limón o de filosofía de una tortilla que plantea su existencia con un huevo solo y lo que les rodea de historia cultural. La cocina está llena de convenciones, cuestionarlas es también una obligación moral a nuestro juicio.

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En el mundo de la comida la gente se divide en dos para cualquier desayuno: salado o dulce. Nosotros tenemos la manía de querer llevarlo todo para adelante, así pues tocamos todas las posibilidades. No hacemos caso y nos fascina el taco de sal o el taco de chorizo, esos que te ponen corazón de viejo; no hacemos caso y nos tomamos cucharadazo de azúcar y sobrepeso, caries, mundo orondo y lirondo.

Le damos importancia a la bebida, vamos a sobrevolar las coronillas de la gente con cócteles que nos lleven por los aires. Elegir bien un cóctel te salva de mañanas con el tipo o la tipa equivocada en la cama.

Le damos importancia al mundo barbacoa, al mundo verbena, al mundo hacia afuera porque una reunión entre costillas, chorizos y música da para conciliarse con el mundo. Ay, si se hiciesen barbacoas en el sínodo ecuménico habría más fumatas blancas y más papas morenos.

Le damos importancia al momento en el que estés: viendo la tele, teniendo sexo desenfrenado, de resaca, con familieo, como sea siempre hay que comer y no eliges lo mismo. Mundo omnívoro, carroña de frigorífico, estamos siempre pensando en comer.

Y le damos importancia a la enfermedad mental, nos fascina el chorizo y ya no sabemos si la línea fina que separa realidad y ficción la hemos traspasado. Da igual, a cualquier cosa que le pongas chorizo destellará, no hay nada que brille más que un chorizo a la brasa, piensa en ese crisol, en ese fuego… y en cómo se derrite luego ante el abrazo increíble de la rebanada de pan, ese pan rendido, herido de rojo vivo.

Seamos sensatos: todo nos lleva a morir, hagámoslo con elegancia.