En una copa de cabernet sauvignon

20.01.2022

En la mayoría de las ocasiones, no nos paramos a pensar que todo lo que nos rodea tiene una carga histórica y cultural inimaginable. Quizás es el tipo de cosas en las que reparamos un sábado por la tarde, meciéndonos en un sillón con una copa de cabernet sauvignon en la mano. En ese momento, lejos de las preocupaciones cotidianas e inspirados por el etanol, podríamos centrarnos en que, de cierta manera, estamos degustando la historia. Nos llevaríamos la copa a los labios y en los aromas se agolparían de pronto los primeros cazadores-recolectores que descubrieron este néctar durante el Neolítico, hace unos 8000 años; resurgirían las civilizaciones que desde el Cáucaso expandieron y democratizaron el secreto de la viticultura hacia el Mediterráneo y, después, hacia el resto del mundo.

Nuestra delicia color rubí nos revelaría también el esfuerzo de siglos y milenios de perfeccionamiento para poder hallar ese color tan característico, que no existió en el vino hasta hace cuatro siglos. En la Antigüedad y durante la Edad Media, dado que las técnicas de encubado no estaban muy desarrolladas y no se maceraba el vino junto a los componentes que permitían su coloración, como la piel, el resultado era un vino pálido, más bien del color del rosado, al que los romanos llamaban vinum clarum. En Francia, se consumió este vino, el clairet, hasta el siglo XVII, época en la que ya se empezó a distinguir entre blanco, rosado y tinto.

La copa de vino (el continente, no el contenido) nos recordaría, a la vez que la agitamos para impregnarla del aroma, que no se hizo popular hasta el siglo XVII. Se adoptó gracias a Luis XIV (o a costa del “asunto de los venenos”), ya que se empezó a usar en la corte para evitar los envenenamientos; las copas con pie obligaban a los criados llevarlas por la base y así evitar que posaran las manos para verter veneno.

Finalmente, en nuestro paladar, momento justo en el que todos los sabores y aromas a cereza, grosella, cedro y especias se distribuyen por la boca, daríamos gracias, otra vez, al siglo XVII (¡gran siglo para el vino!) por haber visto nacer a la uva cabernet sauvignon de manera mágica e inesperada, de un cruce natural entre la cabernet franc (uva tinta) y la sauvignon blanc (uva blanca).

Agitaríamos la copa de nuevo, observaríamos sus lágrimas producidas por el efecto Gibbs-Marangoni, inspiraríamos profundamente y brindaríamos por la historia, el vino y por todos los que han hecho posible su existencia. Y para saborear aún más el momento, os dejamos una ficha descargable sobre las curiosidades del vino tinto y el cabernet sauvignon. Chinchín.

 

Aurelia Duchemin

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