El edificio enorme del recuerdo y su gotita

El viaje culinario es también un retrato antropológico de quiénes somos, dónde estamos, qué preferimos. Si la gastronomía no da grandes respuestas, sí que alimenta el estómago para empezar a trabajar en las grandes preguntas.

De qué hablamos cuando decimos “gastromemoria”

Al hurgar en busca de los orígenes de la gastromemoria o “food memoir” un nombre salta a la vista: el de la escritora estadounidense M. K. Fisher, a quien el poeta inglés Auden situaba al mismo nivel literario que Hemingway. Pero, en 1943, cuando publicó Mi yo gastronómico, nadie más tuvo el valor de considerarla una gran escritora. Era simplemente una mujer que escribía sobre comida.

Leyéndola décadas más tarde, gracias a las reediciones de su obra —la recopilación de sus cinco libros gastronómicos se publicó en castellano en 2015 bajo el título El arte de comer (Debate)— nos damos cuenta de que el logro de Fisher fue aportar un enfoque completamente nuevo a la escritura culinaria, pues hasta aquel momento los textos sobre gastronomía se centraban en aspectos nutricionales o acerca de la calidad de los alimentos. Es que Fisher no era solamente una cocinera: había leído con atención la literatura culinaria europea— no en vano tradujo la Fisiología del gusto de Brillat-Savarin al inglés— y se había formado en Dijon, así que conocía bien la cocina y los vinos franceses.

En este párrafo inicial de Mi yo gastronómico, Fisher explica qué le lleva a centrarse en lo culinario en sus textos: «La gente me pregunta: ¿por qué escribes sobre comida, sobre comer y beber? ¿Por qué no escribes sobre la lucha por el poder y la seguridad, sobre el amor, como hacen los demás? La respuesta más fácil es que, al igual que la mayoría de los seres humanos, tengo hambre. Pero eso no es todo. Creo que nuestras tres necesidades básicas, alimento, seguridad y amor, están tan mezcladas, combinadas y entrelazadas que nos resulta imposible pensar directamente en una dejando a un lado las demás. Así, cuando escribo sobre el hambre, en realidad escribo sobre el amor y el hambre de amor, sobre la calidez, la necesidad y el ansia que este nos despierta… y luego la calidez, la plenitud y la espléndida realidad del hambre satisfecha… forman parte de lo mismo».

Todos tenemos un yo gastronómico, y así lo muestran los escritores herederos de M. K. Fisher. Ruth Reichl, otra afamada escritora gastronómica estadounidense, afirmaba que la comida podía ser «una forma de darle sentido al mundo», de ahí que elegir lo culinario como hilo conductor de una narración o ensayo parezca de lo más coherente. Los ensayos y memorias de Reichl, Julia Child, M. K. Fisher o Molly Wizenberg nos hablan a través de sus historias y recetas, no solo de sabores y gustos sino de identidad, de familia, de diferencias culturales y de trayectorias vitales.