Huevo visto, huevo perdido

“En el preciso instante de verse el huevo, éste es el recuerdo de un huevo. Solamente ve el huevo quien ya lo ha visto. Al ver el huevo es demasiado tarde: huevo visto, huevo perdido”.

Clarice Lispector

En un viaje, lo que se come y se bebe es una huella indeleble del lugar. Olvídese de selfies frente a marco incomparable, olvídese de guardar las entradas del concierto fascinante, olvídese de la experiencia de subir escalones a la torre más alta y ver la ciudad entera. Comer es la única experiencia en el mundo que no ha sido del todo globalizada todavía, es la única capaz de perpetuar eternamente una ciudad. A pesar de cadenas de restaurantes idénticas, todavía resiste en esa tortilla española una experiencia de España, en esos mejillones y su vino blanco toda Bélgica, en la french toast ese tremendo mezclar americano, toda Grecia en el interior de la mousaka, ay, es decir bacalhau à brás y Portugal se levanta atlántica perdida. Cuando viajas, además, la ciudad se te abre con todas sus manías, sus preferencias, sus costumbres.

Me acuerdo de pasear por Berlín y entrar en una tienda de cosas de cocina y los varios instrumentos, adminículos, cacharros, ollas y demás mostraban cierta especialización para las cocinas del lugar, véase el instrumento degollador de cabezas de huevo que me compré porque me pareció urgentísimo. En España los degolladores de huevo solo se encuentran por internet o esperan pacientes en los almacenes para cuando llegue la moda de los degolladores de huevo urgentísimos. Un huevo degollado con sus dientes marcados es el recuerdo de una ciudad para mí. El recuerdo es clave para quien está fascinado con la cocina, los recuerdos se clavan aritméticos, se hacen chincheta en el mapamundi de donde has estado, son un souvenir que se evoca.

Eso me recuerda al libro de Molly Wizenberg Un hogar en la cocina. Historias y recetas y sus “huevos de la gruta italiana”, ejemplo de libro de gastromemorias (o food memoire), donde la cocina es una autobiografía, una recreación de un pasado que se evoca constantemente en el paladar. Ella asocia este plato a su padre enfermo y nos cuenta sus vivencias, sus sueños, sus esperanzas y al final nos da la receta con toda la nostalgia; la receta que aprendió de su padre y que ella le cocinaba y le llevaba a la cama, postrado él en su enfermedad. A ambos les llevaban aquellos huevos a un picnic en Italia frente al mar.

Pero si yo analizo ese huevo, si yo me retrotraigo a mi propio pasado, si pienso en mi magdalena de Proust, si espero esa gotita de sabor en el edificio enorme del recuerdo, me viene el huevo pasado por agua que me hacía mi abuela en el vaso de duralex, asfixiado el huevo con tarugos de pan, y cuando me introduzco esa mezcla en la boca: otra vez la calle Cuarteles, la mesa blanca, el ancho ojo de patio gris, otra vez el taburete azul, la pila de mármol y las manos arrugadas de mi abuela con anillos machacando esa mezcla con la exactitud de una operación a yema abierta. Otra vez tengo diez años. El viaje es incomparable, cualquier tipo de viaje es una experiencia que te envejece. Probad la certera fidelidad que da la nostalgia, esa que aguarda detrás siempre para devolverte por un segundo la inmensa felicidad de haber estado una vez ahí, en el mismo mundo, de pie frente a la mesa blanca, con diez años, cuando el mundo no estaba fabricado todavía. “Huevo visto, huevo perdido”.

HUEVOS DE LA GRUTA ITALIANA
Del libro Un hogar en la cocina. Historias y recetas de Molly Wizenberg

15 g de mantequilla sin sal
5 huevos tamaño L
¼ cucharadita de sal
1 cucharada de nata
3 cucharadas de queso de cabra fresco desmenuzado
Pimienta negra recién molida

Derretir la mantequilla en una sartén antiadherente mediana a fuego medio-alto.
Cascar los huevos en un cuenco pequeño y romper ligeramente con un tenedor. Añadir la sal y la nata y batir para mezclar.
Cuando la sartén esté caliente, verter la mezcla de huevos y remover para cubrir con la mantequilla. Bajar el fuego a bajo y, con una espátula de goma resistente al calor, revolver los huevos con cuidado, raspando la espátula por la parte inferior de la sartén, hasta que queden sueltos en grumos grandes y esponjosos. Deben quedar un poco más sueltos del punto deseado. Retirar la sartén del fuego y esparcir el queso de cabra sobre los huevos. Remover por última vez con cuidado para derretir y distribuir el queso.
Servir inmediatamente, con más sal y pimienta negra al gusto y acompañar, si se desea, de tostadas con mantequilla.

Rendimiento: 2 raciones.

By |2018-10-01T14:12:40+00:00 1 octubre, 2018|Tags: |0 Comments

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