La comida en los cuentos

-Cuando se come no se canta- me decía a menudo mi madre.

Hace mucho que no canto, pero me acuerdo perfectamente de los cuentos que me contaba mientras comía. Hay algo extraño en los niños, les chifla oír el mismo cuento una y otra vez.

Si lo pensamos, la gastronomía está presente en muchos de los cuentos clásicos, de una manera u otra: en Hansel y Gretel, por ejemplo, las migas de pan que dieron alimento a las palomas; cómo cambia nuestra visión de los cuentos con la edad, ¿por qué la bruja es juzgada tan duramente por hacer su labor de bruja y tan blandamente a unos padres que abandonan a sus hijos en el campo? La máxima atracción del cuento giraba, sin duda, alrededor de la casa de la bruja, en el interior del bosque umbrío, una casa de caramelo que daba lugar a fantásticas creaciones paternales: el techo era de chocolate, mazapán o turrón, las paredes de gominolas o garrapiñadas y la chimenea de… todo según las tradiciones regionales. Como en los cuentos, la gastronomía se adapta a los paladares.
En el caso, infinitamente más aburrido, de Caperucita Roja, la variedad culinaria residía en su cestita. Hoy, una madre vegana podría rellenar la cestita de felices, hortelanas y ecológicas fruslerías y frutillas del bosque; un padre ovolácteo retiraría la clásica mantequilla y la leche. Pero, ¿qué llevaba realmente Caperucita en su cestita? Teniendo en cuenta que es un cuento de hadas de tradición oral y que fue versionado por Perrault y luego por los Grimm, da un poco igual. El famoso grabador francés Doré la presenta con un pan o bizcocho en el brazo derecho y una compotera o lecherita en la izquierda; en la versión de Perrault lleva unos pastelitos y un tarro de mantequilla y en la versión de los Grimm observamos canasta con pastel y botella de vino. En cualquier caso sí sabemos que, por el camino más corto, el lobo es completamente carnívoro.
Ay, pero luego viene Blancanieves y la desdichada manzana, esa que siempre es ofrecida por una mujer para emponzoñar, esa manzana que es el fruto clave para pecar. Añadimos como nota al pie que los enanos dejaron a Blancanieves pernoctar en su mugrienta casa a cambio de cocinar y limpiar. Cuidado con la blandura a la hora de juzgar a estos señores.
Cambiando de cuento, pensemos en La princesa y el guisante, es muy interesante saber que para ser princesa en los cuentos debes demostrarlo, y el rango princesil se adquiere demostrando que se tiene una piel muy fina. Evidentemente la piel fina es el resultado de no hacer nada más que desmayarte de vez en cuando y reflexionar en un mirador abandonado sobre la veleidad de los príncipes azules. El caso es que, nuestra ignota princesa fue sometida a la prueba del guisante y no pudo dormir en toda la noche porque le molestaba el guisante que notó bajo veinte colchones con sus veinte edredones. Se levantó, y cito textualmente, “muy magullada”.
Ni hablar de Ricitos de Oro, yo nunca la soporté. Una niña cotilla, ocupa y cursi que se come una sopa de avena (quién roba una sopa de avena por capricho) hecha por unos osos antropomorfos y se acuesta en la cama más cómoda que pilla. Uf.
Sin embargo, en Los viajes de Gulliver, es precioso analizar el proceso de comer según seas un gigante o un enano. En Liliput, por ejemplo, Swift describe como Su Majestad calcula la cantidad de comida que necesita Gulliver para una jornada. Saca un cuadrante y comprueba que el gigante excedía doce a uno con respecto a un liliputiense, así que al gigante Gulliver le correspondía 1.724 veces la ración liliputiense. A medida que viaja por las distintas islas el protagonista ve cambiar la forma de comer. No en vano, Los viajes de Gulliveres un retrato metafórico de la sociedad de su época, por eso sabemos que la carne de cordero de Liliput es peor que la de Inglaterra del s. XVIII.
-Bébeme y encogerás, cómeme y estirarás y tendrás que despedirte por fin de tus pies que tendrán que apañárselas solos- pensó Alicia.

Los cuentos no son una tontería, son la metáfora sencilla con moraleja de lo que pensamos y somos y, aunque nos parezca mentira, influyen y crean identidades o las destrozan. La gastronomía también es una forma de cultura que influencia, se hereda y evoluciona como los cuentos populares. Así que todo pasa por «la barriga del buey que se mueve donde no nieva ni llueve».

  • María Eloy García